
Este 'Libro de la derrota' es un toque de diana de toda la caballerÃa de su inteligencia y la artillerÃa pesada de su sensibilidad contra ellos: la esperada hora de la venganza.
MADRID. (DDC)- La conozco desde que llegué a La Habana a finales de los años 80. Era delgadÃsima, pero de una gran fibra emocional, cuerda de arpa tensada que respondÃa a las sensaciones visibles pero también a las invisibles.
Luego estuvimos juntos en muchas reuniones y eventos en la Casa del Joven Creador y otras instituciones donde éramos entonces "jóvenes promesas" de la literatura "oficial" cubana.
Debutamos fuera de la Isla en aquella lejana antologÃa de poesÃa que se llamó Un grupo avanza silencioso, de autores nacidos entre 1958 y 1972, seleccionados por Gaspar Aguilera DÃaz y publicada por la Universidad Autónoma de México en 1990.
En ella tuvo que ver y mucho, algo que no se ha dicho, la cooperación de José Antonio Gutiérrez Caballero. La misma luego fue publicada por la Editorial Letras Cubanas en 1994.
Recuerdo aquella edición de México como una fiesta, la primera vez en que estábamos juntos todos los que vivÃamos la intensa vida cultural de los años ochenta, en plena amistad.
No pensábamos por esa fecha que serÃamos dispersados por los sitios más insospechados del planeta, como esporas de una flor que se abre, para morir. Y serÃamos, poco a poco, diezmados.
Recuerdo la partida del poeta Osvaldo Sánchez a México para quedarse como una tragedia personal. "Comienza el éxodo y yo me quedaré sola", me dijo en su casa Reina MarÃa RodrÃguez mientras tomábamos té. No sabÃa qué decirle.
ParecÃa estarme recitando uno de sus preciosos versos. Pero no: era un lamento.
El llanto de Dido suplicante, abandonada por los que entonces la rodeábamos y la queremos. La noticia por teléfono era: "se fue Fulano de Tal". Y la pregunta que seguÃa: "¿Y vuelve?".
Aún a veces alguien me llama a Madrid y me pregunta (Antonio J. Ponte se burla de mà llamándome Lauripedia): "¿Sabes donde está Emilio GarcÃa Montiel?". Y yo: "Estuvo en México y ahora en Miami". "¿Y Damaris Calderón?". "En Chile". "¿ Y Rita MartÃn?". "En Estados Unidos y allà también Elena Tamargo y Chely Lima". "¿Y Ramón Fernández-Larrea?". "En Barcelona primero y ahora en Miami". "¿José Antonio Gutiérrez?".
"Primero en Curazao y ahora en Miami". "¿Antonio José Ponte?". "Aquà en Madrid". "¿Y Sigfredo Ariel, VÃctor Fowler y Wendy Guerra?". "En La Habana". "¿Y Zoé Valdés?". "En ParÃs". "¿Y Abilio Estévez?".
"En Barcelona". "¿Y Amir Valle?". "En Alemania". "¿Sigue en Cuba Omar Pérez". "Sigue". "¿Y Frank Abel Dopico?". Silencio. ¿Dónde está Dopico...?
En esa antologÃa estaba MarÃa Elena Hernández Caballero. Allà se decÃa que habÃa nacido en La Habana en 1967.
El mismo año, mira por dónde, en que las actrices Nicole Kidman, Pamela Anderson, Julia Roberts, y la cantante Faith Hill. Que era graduada universitaria y trabajaba de asesora literaria en la Brigada Insigne XX Aniversario de Jagüey Grande, en Matanzas. Y su nota acababa diciendo como si fuera una lápida: "no ha publicado libro alguno".
Han pasado muchos años y primero supe que estaba en Chile. Y ahà se me perdió. Ya para entonces habÃa ganado en 1989 el Premio David de PoesÃa de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con un libro de tÃtulo extremadamente largo como su nombre: Donde se dice que el mundo es una esfera que dios hace bailar sobre un pingüino ebrio.
TÃtulo que hizo sonreÃr con malicia a la entonces olvidada y a veces malvada Dulce MarÃa Loynaz. Cuando se lo llevé, pues la mantenÃa informada de todo lo que sabÃa, me comentaba que parecÃa un verso de los poemas que GarcÃa Lorca escribió en Nueva York.
"Que daño les ha hecho Lorca. Él era un genio, pero ustedes no" -me reprochaba. Y yo, con mi ingenuidad y soberbia juvenil, algo que la excitaba, le respondÃa: "Pero ya lo seremos". Y ella: "Soy tan vieja que, por suerte, no lo veré". Y yo: "Pero le recordaremos".
Fui su amigo durante muchos años y afirmo que este libro de MarÃa Elena Hernández Caballero -Libro de la derrota- la hubiera hecho muy, pero muy feliz. Le llamaba a Fidel Castro, Esteban (este bandido), algo que se hizo popular y nadie sabÃa de dónde habÃa salido.
En Chile, MarÃa Elena publicarÃa un poemario: Elogio de la sal (Cuarto Propio, 1996). Y en Argentina -donde reside desde 2000-, Electroshock-Palabras (La Bohemia, 2001). Antes de editar ningún libro MarÃa Elena escribÃa: "Yo no perdono a los maestros detenidos allÃ, / delante del pizarrón".
Y este Libro de la derrota es un toque de diana de toda la caballerÃa de su inteligencia y la artillerÃa pesada de su sensibilidad contra ellos: la esperada hora de la venganza.
"A Dios pongo por testigo", como dijo Vivian Leigh, encarnando a Scarlett O´Hara en Lo que el viento se llevó, que nunca habÃa leÃdo un libro semejante, escrito por mujer u hombre alguno en Cuba.
Porque esta vez la poeta debuta como narradora. Como una magnÃfica narradora situada desde ya, a mi juicio, y lean este libro para que me desmientan si estoy equivocado, en la primera lÃnea de la literatura cubana.
Libro de la derrota
Muchos libros se han escrito contra el castrismo, algunos en vano porque el izquierdismo internacional, dueños de medios de comunicación y departamentos de Literatura en universidades de medio mundo, los han sepultado en el silencio y el olvido de los anaqueles polvorientos. Ensayos, testimonios y novelas son los géneros más sobresalientes de esta denuncia del castrismo. Ya era hora de que un escritor serio contara nuestra historia con humor. Ya era hora.
En su ensayo Indagación del choteo, aunque un tanto desfasado leÃdo hoy -la misma palabra choteo ya apenas se usa-, Jorge Mañach, en 1928, hurgaba en los entresijos de la cubanidad y su relajo. Mañach sitúa al "choteo" como categorÃa de lo cubano.
"La superior perspicacia del choteo para ver lo cómico en lo autoritario es, a veces, innegable". Y seguÃa apostrofando:
"Lo que diferencia a la burla de las demás forma de protesta y de prevención contra la autoridad es que es de que se endereza contra lo que tiene de cómico, es de decir, de contradictorio consigo mismo".
Y ahà estaba la tradición del humor del teatro bufo, las obras cómicas y pornográficas del Teatro Shangay, "La Tremenda Corte" -producido por el español Castor Vispo entre 1942 y 1961 ininterrumpidamente. Y todo eso lo retoma MarÃa Elena Hernández Caballero en su novela. Que es mueca, parodia, sátira, comedia y tragedia. Todo a la vez bajo el manto redentor del sarcasmo.
Ya no se trata de irse por las ramas sino de dispararle mortalmente al canalla por el que estamos desterrados: al Comandante en Jefe.
Y se vale de una tal Valentina Morera (¿Morera no será un homenaje velado a la formidable pintora cubana exiliada en Nueva York Clara Morera, que también homenajeara en sus libros Reinaldo Arenas?
¿Por qué no iba a ser si las dos vecinas que aparecen en esta novela, tan amigas y enemigas, son sacadas de un cuadro de la maravillosa pintora expresionista cubana Antonia Eiriz, que pintaba lienzos tan demonÃacos?)
¿Y el sargento Retamar, qué me dicen del sargento Retamar?
¿Acaso no recordamos las memorias de Pablo Neruda -Confieso que he vivido-, donde denuncia el complot de los escritores oficiales de Cuba para desprestigiarle?
¿No estaba al frente de ese batallón, que pretendÃa insultar al gran poeta de Canto General un tal sargento Retamar? Puede que sÃ.
A estos se agregan otros personajes igualmente esperpénticos: Mosca Blanca, un militante comunista que expiando a los vecinos a través de un catalejo descubre su erotismo.
¿Y ese joven viril pero analmente pasivo que roba tablas para construir un barco en pleno apartamento? Y, como cómplice de la tal Valentina Morera, una paloma tan roja como Caperucita Roja, que es entrenada misteriosamente para matar al Comandante en Jefe...
¿Y cómo se llama la paloma roja, tan dócil con su ama? Pues cómo se iba a llamar sino Celia... Celia... Ese nombre me recuerda a alguien, pero ahora no lo sé.
Entre los novelistas se inserta ahora el libro de MarÃa Elena Hernández Caballero, que reside en Argentina, donde estuvo Virgilio Piñera en su juventud y formó parte del equipo que tradujo la famosa novela de Witold Gombrowicz. La autora retoma la sorna de Piñera, la sordidez de Arenas, el humor negro de MatÃas Montes Huidobro, y hace un cóctel explosivo.
Como un lienzo tenebroso, con esos miserables personajes, hijos de lo irrisorio y la sordidez que hemos vivido, la autora, pero con palabras, despliega ante nuestros ojos un lienzo nuevo que parece pintado por la mismÃsima Antonia Eiriz, fallecida en 1995.
Todos sabemos la tragedia de Antonia Eiriz: dejó de pintar en 1968 cuando se vio involucrada accidentalmente en el proceso contra Heberto Padilla. Sufrió tal depresión que dejó de pintar sus espectaculares telas. Pero ahora viene MarÃa Elena y le rinde en esta novela el más emocionante y encendido de los homenajes. Y con ella o en ella, a todos los silenciados, a todos los marginados, a todos los exiliados que de una forma u otra han sido vÃctimas de tanta estulticia, de tanta impunidad. Pero no con patetismo sino con un arma mucho más efectiva: el humor. Algo a lo que no se le puede resistir nadie. Al menos en Cuba.
El humor puede ser muy subversivo y transgresor. "El humor es la forma más penetrante de mirar las cosas", decÃa el guionista y director de cine italiano Mario Monicelli.
No con alaridos, no con lamentos, no con patetismo, viene esta vez esta escritora a denunciar a la dictadura castrista. Y en esa gracia con que nos exorciza de lo grotesco, cumple la "Poética" que Padilla nos enseñara en esos poemas suyos que nos pasábamos mecanografiados como si fueran joyas:
"Di la verdad. / Di, al menos, tu verdad. / Y después /deja que cualquier cosa ocurra: / que te rompan la pagina querida, / que te tumben a pedradas la puerta, / que la gente / se amontone delante de tu cuerpo / como si fueras / un prodigio o un muerto".
En 1959, Carlos Puebla cantaba el son que decÃa "Y se acabó la diversión. /
Llegó el comandante y mandó a parar". Detenidos estábamos en ese envilecimiento, en ese dolor hasta que llegó con su Libro de la derrota, debajo del brazo frágil pero firme, MarÃa Elena Hernández Caballero, y nos ha vengado.
Porque no un hombre, sino una mujer, con este libro proclama a los cuatro vientos que de nuevo comienza la diversión, porque ella la manda a seguir. Y esta vez nadie, con la fuerza e intensidad de este libro, la podrá detener.
Sólo ruego una cosa: Que este libro llegue a las manos de Fidel Castro antes que muera. ¿Alguien puede hacerme el favor de hacérselo llegar?
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